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Efectos socio-económicos de la malaria

De

Artículo principal: Morón, Auge y Caída del Paludismo en Venezuela

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Este artículo es uno de los capítulos del libro Morón, Auge y Caída del Paludismo en Venezuela, escrito por el Prof. Alexis Coello, cronista de Juan José Mora.

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En las primeras décadas del siglo XX, la malaria, como ya se ha indicado, era el azote de la población y motivo de alarma en los círculos gobernantes. Sus consecuencias eran nefastas no sólo para el crecimiento demográfico, sino también para toda la estructura social y económica del país, basta mencionar las migraciones que se producían en detrimento del campo o la inhabilidad de los brazos productores que dejaban al surco sin semilla. La desmotivación física y moral pintaban un cuadro terrible y desesperante que no conducen a otra cosa sino la ruina del país, he allí la preocupación de los sectores dominantes para reactivar la capacidad productiva del venezolano:

Los  distintos  sectores  de  la vida nacional, a la clase trabajadora,
cuya   capacidad   para  las  labores  mermaba  sensiblemente;  los 
propietarios,  enfrentados   al   ausentismo  y  al  bajo rendimiento
de  los  trabajadores; al  gobierno,  por cuanto elevar el estado  de
salud    de     la    población    era   una   tarea   prioritaria   para  la 
recuperación del país (Yépez, 1992, 69).

Un país difícilmente puede seguir senderos de progreso económico cuando un alto porcentaje de su población activa esta orgánicamente imposibilitada de efectuar sus labores rutinarias lo que conlleva a un nivel de pobreza generalizada. ¿Cómo inhibe el paludismo al cuerpo humano limitando su vitalidad? El médico López Rondón sostiene que la malaria acarrea un:

Estado   de   abolía   para   todo   esfuerzo    físico   y  mental,   con 
tendencia  siempre  al  descanso,  a echarse a todo lo largo   de  su
cuerpo,   como  si   su   propio   organismo   le  pesara  dolorosa   y 
vagamente,  sin  poder  precisar qué órgano de su cuerpo le duele,
que   es  lo  que  tiene  y  lo  que  siente,  cual si estuviese  bajo  la
acción   de   un   vaho   adormecedor,   soporífero,   estupefaciente 
(López Rondón, 1940, 32 – 33).

El paludismo crea en el hombre como una especie de sonambulismo, con un marcado desgano y apatía, de indefensión ante las circunstancias, hasta llegar a un estado de postración o punto terminal que lo lleva al umbral de la muerte, el doctor López Rondón agrega en la obra ya citada que el paludismo “si es verdad que incoa sus labores incubativas con dejo de dolor fugaz, también es cierto que asesina con escándalo, desde la conocida pereza tropical o murria invicta de los trópicos hasta la dramáticas formas de la fiebre biliosa hemoglobinurica” (Pág. 42).

“La pereza tropical” o la modorra insuflada por el Anópheles al organismo humano se traducía en el campo laboral en un ausentismo porque los trabajadores enfermos no podían asistir a su jornada de trabajo, obviamente existía una pérdida económica para los empresarios y por ende para el país, la abolía mental y corporal resta productividad en el trabajo, las migraciones abandonaban extensiones considerables de tierras fértiles con el correspondiente desaprovechamiento de ellas produciendo daños incalculables a la nación. Los gastos medicinales es un factor de pérdida conjuntamente con otros daños colaterales de índole económica o social que directa o indirectamente estaban relacionados con el paludismo.

Para el análisis de este aspecto concerniente a los daños económicos y sociales del paludismo a la población venezolana se tomaron como apoyo la visión cuantitativa del doctor Arturo Luis Berti, expresada en un discurso en la tercera conferencia interamericana de agricultura realizada en el Colegio de Ingenieros de Venezuela, Berti es citado por Ramón Urrieta Agüero(S/F), en un trabajo de ascenso docente de la universidad de Carabobo denominado “Efectos socio-económicos de la erradicación de la malaria en Venezuela”.

El ingeniero Berti señaló en su discurso las “Pérdidas debidas a la malaria en Venezuela”, las cuales las sintetiza así:

Estas   pérdidas   son   ocasionadas  por  los  siguientes renglones:
1)	Valor   de   vidas   pérdidas   o  muertes.  2) Costo  de atención
médica   y   medicinas.  3) Pérdida  de   tiempo  y  eficiencia  en  el 
trabajo.   4)  Depreciación   de    las  propiedades.  4) Perdidas   de 
cosechas   y   otros   productos por inhabilidad  para trabajar en el
tiempo debido (Urrutia, S/F, 83).

Para examinar el primer renglón, Berti, le da un valor económico a la vida de un hombre – dice que se aparta el aspecto humanitario – que para 1945 estaría en 15.000 bolívares, si se multiplica esa cantidad por el número de muertos anuales por paludismo que son aproximadamente 5.000, entonces se tiene un total de 75.000.000 millones. El costo de asistencia médica y medicina se subdivide en dos: los gastos médicos del gobierno que eran suministrados gratuitamente a la población y las cuentas canceladas por los enfermos en pago de médicos y pagos a las boticas. “Solamente en quinina gasta el gobierno nacional 3 toneladas que cuestan al país Bs. 185.000”. (ibidem). Respecto de los gastos no oficiales sino personales, se tiene que de 400.000 casos de paludismo anualmente y si una cuarta parte (100.000) asume los gastos por cuenta propia, y calculando los gastos por personas en diez bolívares, se obtiene por este concepto un total de 1.000.000 de bolívares.

Las pérdidas de tiempo y eficacia en el trabajo los computa Berti calculando el jornal a Bs. Cuatro diarios; si existen 300.000 personas adultas contagiadas de paludismo serían 1.200.000 bolívares diarios, en quince días este monta un total de 18.000.000 si la faltas son absolutas, pero en la suposición que no hubiese falta absoluta y los trabajadores asistieron a sus jornadas, el rendimiento o eficiencia no es completo sino que se valora por la mitad, o sea que sería entonces la cantidad de bolívares 9 millones en una quincena. A ello hay que agregarle el trabajo de la mujer palúdica en el hogar que también posee un valor.

ubicada en zonas palúdicas. Por ejemplo, las tierras planas de un estado llanero o del valle del Yaracuy que gozan de gran fertilidad, que poseen mayor comodidad para el trabajo, que están cercanas a los centros de consumo, tienen por hectáreas menos valor monetario que aquellas localizadas en las serranías Andinas u otras zonas montañosas que aunque tengan menos condiciones agrícolas obtienen una cotización mayor por encontrarse a salvo del flagelo de la malaria.

Cuando el paludismo estaba en plena efervescencia no faltaron opiniones que plantearon desocupar los llanos y trasladar la población a las zonas montañosas para evitar el contagio y utilizar los recursos del petróleo para adquirir del exterior los bienes necesarios para la subsistencia. El doctor Miguel Zúñiga Cisnero – citado por Guerrero y Borges – en una alocución realizada en la Casa de La Cultura de Maracay con motivo del XXX aniversario de la creación de la División de Malariología, sustentaba que:

Hay   sin   embargo,  todo   un  capítulo  del   progreso  venezolano
contemporáneo  en  que  la medicina ha sido factor  primordial;  el 
dominio  de  las  tierras llanas, las zonas de mayores  posibilidades
que   tiene  el  país  para  una  abundante   producción   alimenticia
tanto    de    alimentos   de    origen   vegetal  como  animal.  Sin  la 
erradicación  de  la  malaria de esas tierras llanas, ni el petróleo, ni
los   buenos   gobiernos  hubieran  detenido  el éxodo  dramático, y 
Venezuela estaría condenada a mantener  su  escasa  población  en
las  montañas,  utilizando  la  renta  petrolera  para  comprar  en  el 
Exterior todo cuanto el hombre necesita en su vivir (1995, 17).

Estas hubiesen sido las difíciles circunstancias en la vida de los venezolanos si la erradicación de la malaria no hubiese permitido el rescate de las tierras planas, se hubiese estado destinado a vivir en los valles altos y en las áreas montañosas que no representaban sino la quinta parte de la superficie del país con las correspondientes dificultades para la planificación de grandes ciudades y con valles de no mucha fertilidad.

El último elemento que analiza Berti en su exposición es las pérdidas de cosechas y otros bienes por inhabilidad para el trabajo. En esta parte no ofrece mayores detalles y señala que las pérdidas son difíciles de estimar calculándolas en un 20 por ciento del poder adquisitivo de los venezolanos.

La desintegración social de la nación era otro efecto de la Venezuela con malaria. La voz autorizada de Arnoldo Gabaldón la explica de esta manera:

La  malaria  ha sido un factor de desintegración, pues  impide  que 
los habitantes de un país puedan viajar dentro de él  y  desarrollar
las actividades normales de una sociedad, porque  las  gentes  que 
viven en tierras sanas tienen pavor de arriesgarse  a  ir a zonas  en
donde  su  salud puede ser gravemente  lesionado.  Venezuela  era 
un país  desintegrado  porque  los  habitantes  de  las tierras  altas
tenían miedo  de  viajar  a  las  tierras bajas  y  planas en donde  la 
malaria imperaba, (1976, 6).

Existen como especie de dos Venezuela: la contagiada y la saludable, una temía encontrarse con la otra.

¿Es posible tantas pérdidas humanas y económicas atribuidas al paludismo en Venezuela? ¿No habrá exageración en las estadísticas y en las consecuencias imputadas a él? Compárese dos apreciaciones de autores diferentes. Gottberg reseña que “Se estimaba un promedio de 7.000 los muertos por años entre 1920 y 1935, y en cerca de un millón los afectados por la enfermedad y en 200 millones de bolívares las pérdidas anuales por merma del rendimiento humano – económico debido al paludismo” (1987, 57). Estas cantidades parecen a simple vista abultadas, varios autores aportan sus datos estadísticos, muchos de ellos disímiles entre sí. Los datos no poseen un valor absoluto, son estimables y relativos según los casos.

Bengoa y Lecanda pone en duda que todas las desgracias sean responsabilidad del paludismo y considera que deben involucrarse también otros “factores asociados”. Estos “factores asociados” incluyen deficiente alimentación, viviendas y servicios inadecuados, modos de vida paupérrimas, etc. Establece líneas divisorias entre la labor de la medicina y la acción oficial:

Hacerlos  volver  a  la normalidad fisiológica  es de la  incumbencia 
médica,  pero  hacerlo  volver  al ritmo  normal del trabajo es  algo 
más que medicinas...Modificar los hábitos de vida, la alimentación,
la   vivienda,   etc.,   es   un   programa   de   gran   amplitud,   pero 
lógicamente,  la  única solución que puede hacer volver al enfermo
al ritmo de trabajo habitual (1980, 173).

No basta un hombre sano, deben dárseles las condiciones sociales y las oportunidades económicas para el pleno desarrollo de sus facultades o capacidades físicas y mentales que lo conduzcan a elevar sus estadios de vidas. El doctor Gabaldón en su vasta obra escrita hablaba sobre las mejoras de la familia venezolana tanto en la salud, en la educación, y hacía especial énfasis en la vivienda como un hogar propiamente dicho, que permita “la vida de parentelas”, el lecho del amor paternal y el amor filial.

Es por ello que cuando Gabaldón estuvo en la División de Malariología y luego en el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social impulsó el plan de vivienda rural destinado a dotar al campesino de una vivienda modesta pero confortable e higiénica que permitiera extraerlo del centenario rancho de palma o de bahareque, embellecer el entorno de la vivienda para diluir la melancolía y la somnolencia que abatía al campesino venezolano; lo que motivó a Rómulo Gallegos a escribir que quien visitara aquellos predios no podía más que atormentarse ante la mirada:

De los  pueblos  tristes  y  de las vidas mustias ante cuyas miserias
pasó,  de  los  campos  solos, sin riego, sin  surco de  trabajo,  todo
para  el  matorral  silvestre  en cuyo inútil mantenimiento se gasta
y  se  frustra  la  fecundidad  de  la  tierra, de  los  ranchos sórdidos 
donde    el     campesino     languidece,    sentado    a     la     puerta, 
hundiéndose   en   la    melancolía    irremediable,   atesorando    la 
herencia   que  le   dejará  a  sus  hijos, tomada  ya  de su padre; su
amargura  incurable,  su   encogimiento  de  hombros  ante  el  mal
inmenso,   su   estoicismo   inútil  (citado por Guerrero  y Borges, 1998, 
34).

Este Artículo es Propiedad intelectual de Alexis Coello


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